Pobres diablos

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A veces miro una foto antigua en la que aparece algún ser anónimo que ya no está y me viene a la cabeza que el mundo nos divide en dos categorías; bien nacidos y pobres diablos. La expresión de algunos es de resignación. La de otros, de certeza largamente presentida pero todos decían con su mirada lo mismo; que eran conscientes de la que se les venia encima, que de alguna forma estaba escrito. En esta vida les había tocado ser unos pobres diablos condenados a pasar por ella apartados, en el olvido de la nada y únicamente interrumpidos por brutalidades de las que nadie más sabría. Después, un número sobre una tumba perdida y lo que depare el mas allá si es que lo hay.

Coco, fotografia por Robert Doisneau, 1952

No nos tocará, solemos pensar para reconfortarnos, aunque en lo más profundo de nuestra negación sabemos que la hoja pende constantemente sobre nuestras cabezas. Solamente hay que detenerse un instante y buscar detrás del telón con el que cubrimos nuestras vidas de presuntos bien nacidos para encontrar al pobre diablo que nos aguarda. Y sobre todo; nunca nos damos cuenta del momento en el que nos convertimos en un pobre diablo más, si es que no lo fuimos siempre.

Paseaba por París a las doce de la noche. En una esquina había una hermosa muchacha, discretamente vestida pero muy bien arreglada, elegante con su gabardina gris hasta los tobillos y un bolso negro, esperando y observando la carretera nerviosa. Podría ser modelo pensé y me preguntaba porque en esta vida le había tocado hacer la calle, mientras otras muchachas idénticas pasaban de largo apresuradas, intentando no confundirse con ella. Por un instante deseé llevármela muy lejos y despertarla de un mal sueño pero luego el mundo se me vino encima. Me recordó mis propias miserias y me hizo pasar de largo como cualquier transeúnte. Demasiado cobarde para salvar el mundo, solo escribo.

París por la noche es la ciudad de la luz pero quise perderme un rato en la oscuridad que retrató Doisneau. Me acerqué al bar donde tomó la foto de “Coco” y por un segundo creí verle impertérrito en su esquina, con su copa de vino diciéndome que el diablo mas pobre soy yo, que me vaya al cuerno como si fuera el espejismo de un tiempo futuro que tal vez nunca existió, fruto de su propia embriaguez.

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