Northumberland building

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Fue un día de octubre. El shaman entra en un pasillo atestado de gente, siempre hay gente por todas partes. El pasillo es alargado, la sala de conferencias esta a la izquierda y a la derecha hay grandes ventanales empañados, fuera llueve, hace frío y las paredes son rojas. Una voz anuncia que la sala de conferencias esta llena y que los que han quedado fuera deberán esperar a la siguiente sesión en el pasillo.

El shaman, resignado, se apoya en uno de los ventanales y baja su cabeza al suelo. Evita las miradas frente a frente que se hacen insoportables, igual que en un vagón de metro lleno de gente se pretende preservar la intimidad que se ha perdido al entrar. El shaman se ensimisma en sus pensamientos y viaja a mundos interiores que solo el conoce pero al cabo de un rato nota dos ojos de serpiente clavados en él.

La curiosidad le hace levantar su cabeza y según la alza sus ojos coinciden con la mirada penetrante de una extraña mujer. Durante una milésima de segundo las miradas coinciden retina contra retina, los velos que protegen sus intimidades caen y las almas quedan desnudas la una frente a la otra. Por un momento se cuentan historias de amor y de desamor, de experiencias vividas buenas y malas, de odios y rencores jamás cumplidos, de bondades y virtudes, de pasados encontrados, de misterios ocultos nunca antes desvelados.

La curiosidad le hace levantar su cabeza y según la alza sus ojos coinciden con la mirada penetrante de una extraña mujer. Durante una milésima de segundo las miradas coinciden retina contra retina, los velos que protegen sus intimidades caen y las almas quedan desnudas la una frente a la otra. Por un momento se cuentan historias de amor y de desamor, de experiencias vividas buenas y malas, de odios y rencores jamás cumplidos, de bondades y virtudes, de pasados encontrados, de misterios ocultos nunca antes desvelados.

Dr. Kudé of Masset, shaman haida

Durante esa milésima de segundo las dos almas se funden la una en la otra, en un solo ser y forman una simbiosis mística no esperada, infinita en el tiempo y perecedera en un instante. Cada ente pasa a formar parte el uno del otro, funcionando al unísono como dos piezas de un mismo reloj perfectamente coordinadas, como dos granos de arena que caen juntos abrazados por un momento, como dos motas del tiempo que se van para siempre, en un beso.

La mujer se nota descubierta y sus labios dibujan una leve sonrisa que la delatan pero rápidamente baja su mirada queriendo negar la evidencia, su amago de sonrisa ya ha traicionado cualquier intento de disimulo.

El shaman da por concluido el encuentro y también vuelve a bajar su cabeza desbordado por la visión de la que aun no es consciente, ¿de que se reía?.

El destino se ha escrito inexorablemente. Está por siempre condenado a llevar aquella mirada con él a donde quiera vaya, mire a donde mire, mire a quien mire.

Fue un día de enero. Hacía mucho frió fuera, demasiado. La nieve se había congelado en el suelo y para andar había que pisar firmemente rompiendo el hielo y clavarse en él. La sala estaba abarrotada como siempre pero solo una mirada se cruza con la otra. Era una triste mirada que decía adiós desde lejos, sin posibilidad de acercarse porque si no, nunca habría sido posible la despedida. Los hermosos surcos que circundaban aquellos ojos y que contaban las historias que el shaman amaba se tornaban mas profundos por el dolor de tener que despedirse. El shaman hubiera muerto por aquellas cicatrices del tiempo, runas dibujando heridas que solo él podía curar. La mirada se vuelve un cuchillo que se clava en el corazón partiendolo en dos. Una mitad se va con ella, ahogando un grito de dolor por lo nunca dicho.

Incrédulo, vuelve ante el altar y conjura a los dioses que no le escuchan. El destino vuelve a escribirse inexorablemente. Sabe que está condenado a llevar también aquella mirada clavada a donde quiera que vaya. Sus lágrimas arden en el suelo al caer maldiciendo no haber sabido engañar al destino.

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