Un trabajo digno

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Las 8 de la mañana. Los gritos venían desde otro despacho. El jefe se estaba desahogando con un hombre de 66 años que seguía trabajando porque la pensión que le quedaba a los 65 era una miseria. Su pelo ahora blanco y sus ojos no despedían más que bondad. Sin embargo ya no estaba para muchos trotes, los tiempos cambian y las cosas ya no se hacen como antes. El motivo de la bronca; cualquiera, nada justifica la violencia, aunque el hombre se aferraba a su puesto de trabajo aguantando un poco más para intentar subir su pensión lo máximo posible.

El jefe regresa al despacho principal. En un rincón un joven empleado con contrato basura a “fin de obra” da los buenos días. No hay respuesta, solo una pequeña maldición entre dientes y un pensamiento; “a este le queda poco ya, se va a enterar el día que lo despida”. Se sienta, revisa una documentación que hay sobre su mesa. Una grapa esta un milímetro torcida y ahora descarga sus iras sobre el empleado de enfrente. El empleado le mira entre atónito y horrorizado sin soltar palabra.

No es la primera vez que es víctima, es algo que se ha ido haciendo habitual. El chico terminó sus estudios en la universidad con media de sobresaliente pero de un día a otro y casi sin darse cuenta, pasó de ser un alumno destacado, con prometedor futuro, a ser un parasito social engordando las listas del paro. El 40% de los licenciados universitarios no encuentran trabajo. La mayoría que lo encuentra lo hace a través de un enchufe pero el no tenía, es hijo de un sencillo obrero. El siempre soñó con poder independizarse y empezar una vida junto a su novia pero se volvió dar de bruces con las cifras; el 70% de los jóvenes en su situación no consiguen abandonar el hogar parental dado el desorbitado precio de la vivienda y la precariedad o ausencia laboral que les imposibilita acceder a un crédito.

En los tres años que soportó de paro la admiración que el notable alumno despertaba paso a convertirse en desprecio social y continuos reproches; “menudo vago, no quiere trabajar”.

Eugene Smith Untitled From Pittsburgh 1955

Finalmente llegó el ansiado trabajo, aunque no era el esperado; tendría que desplazarse a otra ciudad y trabajar en un oficio inferior a su cualificación en una sustitución, cobrando un bajo salario parte del cual debería dedicar a pagar un alquiler. Además el contrato no era definitivo; al de dos años concluía aunque le dijeron que lo normal era que se lo renovasen por otros dos años. “Bueno”, pensó, “si trabajo duro en esta empresa tal vez me hagan fijo y pueda labrarme un futuro”.

Nada más lejos de la realidad. El primer día de trabajo a las 8 de la mañana conoció al “jefe” y lo primero que le dijo fue que “aquí las cosas claras; cuando se termine tu sustitución te tengo que dar el finiquito”. “Bueno”, pensó, “ya que he venido hasta aquí y he pagado el alquiler del primer mes probaremos a ver”.

La jornada de trabajo fue dura. El silencio sepulcral que había en el despacho solo era interrumpido ocasionalmente por los gritos del jefe a alguno de sus empleados. Los hay que se van volviendo grises con el paso de los años y no contentos con ganarse el infierno día a día para si mismos, tienen que llevar el infierno a todos los que les rodean.

La luz fluorescente, el calor y la falta de ventanas creaban una atmosfera insoportable. El trabajo repetitivo y tedioso.

Las 7 de la tarde ya, hora de salir. Para sorpresa del chico cuando se disponía a levantarse, nadie se movía de su mesa. Por vergüenza a levantarse antes que los demás el chico permaneció en su sitio. Así dieron las ocho y media momento en el que el jefe recogió y salió por la puerta sin despedirse. Tras una espera prudencial, el resto de empleados comenzó igualmente a recoger y a concluir la jornada.

Aquel día no cenó, estaba demasiado cansado y cayó rendido en la cama hasta que el despertador sonó a las 7 del día siguiente. Así fue un día tras otro durante casi dos años.

Su situación no se arregló demasiado; seguía teniendo un salario demasiado bajo como para pedir un crédito y su contrato no era fijo. Su novia le dejó casi al principio porque no veía futuro en una relación a distancia. Ahora le rondaba la carta de despido, así que al paro y vuelta a empezar.

Se reía de su mala suerte; “parece que solo puedo aspirar a un techo en un cuchitril y a un par de comidas en el plato y el cuchitril alquilado estoy a punto de perderlo” y entonces le venía a la cabeza la imagen de aquel hombre de 66 años de pelo blanco y mirada bondadosa…

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