Me voy a USA para comprar un arma

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Acto primero; reflexiones con uno mismo. “Vale, lo confieso. Siempre me han gustado las armas, desde que era un niño. Tal vez influenciado por demasiada televisión o tal vez porque lo llevo en los genes, no lo se. Basta con ponerme una simple chimbera en las manos para que se enciendan mis instintos más primarios, aflore el depredador que llevo dentro y mis ojos escudriñen el horizonte en busca de una presa. Además tengo una sorprendente habilidad innata para disparar y dar siempre en el blanco, como si me hubiese pasado toda la vida con un fusil bajo el brazo, ¿tal vez una vida pasada?. No lo se. Lo que sí se es que sería incapaz de matar por diversión o desahogo.

Como para todos los aspectos de la vida, vuelvo a ser las dos caras de la misma moneda; me encanta pegar tiros pero no mataría ni a un gorrión. Me odiaría por ello, no lo podría soportar. Tal vez en una situación de extrema necesidad, hambre acuciante o peligro de muerte. Entonces sí se lo podría plantear a mi conciencia; el depredador dominaría al ser racional y mataría sin miramientos ni cargos de conciencia, al fin y al cabo sería ley de vida en este mundo cruel, o tu o yo.

Pero entonces ¿para que iba a querer un arma un pacifista convencido?. Tal vez por el mero reto de acertar a un plato volando o a una diana puesta a un kilómetro. Tal vez para disuadir a hipotéticos enemigos. Tal vez para colgar…”

Give 'em the stuff

Acto segundo. La locura se apodera del alma racional y desata a un depredador. Se da cita con la muerte y se conjura con ella. Le promete mucha sangre ajena antes de derramar la suya propia. En su mente todo funciona con precisión Suiza y cada engranaje encaja perfectamente con el otro, modelado por unas circunstancias concretas en una sociedad concreta, a golpe de martillo. Golpes sin vuelta atrás, golpes que dolieron. Ejecuta su plan milimétricamente y después destroza su propio rostro para borrarlo de la faz de esta tierra. El horror tiene rostro y no es ese el que quiere mostrar, es otro que no se ve. Es algo que se intuye lejanamente y que de repente se manifiesta.

Acto tercero. La sociedad llora a sus muertos y se unge en una amnesía colectiva de rigor forzado. Como si se tratase de un forúnculo en la piel que acaba de explotar y que ya no volverá a salir. Muerto el perro terminada la rabia, se dicen todos. Miradas perdidas, abrazos compungidos, un “¿por que?” flotando en el aire que todo el mundo percibe y se niega a responder, flores que se marchitarán mañana, mensajes dejados en el lugar de los hechos, tinta que la lluvía borrará muy pronto.

Los muertos no saben que están muertos. Siguen sus vidas como si nada hubiera pasado. Tan solo creen lo que quieren creer. El profesor sigue dando sus clases. Los alumnos siguen tomando sus notas. Volverán a sus casas por la tarde y seguirán sus vidas sin saber que están muertos.

Exactamente igual que los vivos que vuelven a sus casas sin saber que están muertos.

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