Winétt de Rokha – Extractos

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Selección de poemas de Winétt de Rokha (1894-1951) poetisa chilena.

Amarilla y flor de agosto

¿Sientes cómo la araña hila su encaje
de sombra enmohecida?…

Ven, la flacura del Invierno
ha extendido su manta de cañamo maldito.

Como en aquellos días de oro,
tu conciencia y mi espanto,
acarician la línea fugitiva
de mi corazón inocente.

Cabeza de macho

La mancha trágica de tus cabellos,
encarna un mar fascinante y entenebrecido.

Albea tu frente magnífica, escrita de surcos,
y tus sienes como dos azucenas puras.

Tus cejas y tus pestañas interrogadoras
recogen la esmeralda enferma de tus ojos.

Se destaca en la oscuridad del fondo
tu nariz de águila meditativa.

Tus labios destilan dolor y pasión
y están maduros para el beso.

Piedra con alma, sonríe tu cara de ídolo
dormida en la canasta de rosas de mi pecho.

Construcción de Abril

Tempestad rural escanciada en suertes de aluminio,
ríos desordenados,
botellas de zafiros,
tiempo amarillo, exacto, limitado, rígido,
implacab!e.

Horizonte gris – coral, líquido, solo,
silencioso;
paliduchas, frescas estrellas que no se caen,
perros tuberculosos diluyendo perfiles
en ladridos de sangre.

Desde mi vientre echo a volar murciélagos y choroyes,
murciélagos para que la noche se transfigure en alas,
choroyes para que el grito del día reviente en la torre.

En mis oídos una flecha muy fina
deposita el moscardón ojival de la pereza.

Documento sellado con escudos mohosos
plantas aborígenes, ojo de fuego,
magos y adivinos con escarpín,
entre mis dedos el chuncho y su pufial de diamante.

Botón tardío de rosa azumagada
fragante a rocío impenetrable.

Reducto forestal, pajarera estridente y sencilla,
cuna, donde un caballo y un arado
hieren el firmamento convulso,
pinacoteca de gallinas en rumor caminadas.

El marco giratorio de este balcón, arropa
ese feroz paisaje de ceño taciturno,
riesgo de flautas en la lengua del día,
enajenando el tiempo van violentas las aguas.

Gentil araña, sopor del alero carcomido,
ufana su castillo blanco de sedería, antiguo,
reinado que se aisla, vaporoso
cruzando la frontera de los hielos hirsutos.

Cañaveral frenético y sonoro,
lirio azul oriental,
aire que corroe la entraña del guiñapo
en lo vencido y roto de su esqueleto rojo.

Forma de semillas podridas
en una misma y única sola copa
junto a tiernos claveles pensativos,
abrazada a la sombra de un muro entre la niebla
donde siete alhelíes absorben el destino.

Domingo Sanderson

Cierro los ojos anticipándome a lo definitivo, y la ventana
del tiempo se disgrega,
vienen ellos y ellas, tú y yo, nuestros hijos, y vosotros todos,
se ha vivido el destino y la forma: marfiles, corales, ébanos y estrellas.

Inútil añoranza, inútil afán de insecto laborioso y alas de agua,
vidas que se precipitan del cerebro al mar y del mar al cerebro,
allí estáis vosotros, aquí estamos, allí estaréis vosotras un largo año.

Como el viejo Domingo Sanderson, mi abuelo, en la cuadrada
plaza de provincia,
soleada plaza con pesados árboles y pájaros municipales,
soledad y polvo, en las carreteras, en las puertas, en los campanarios,
soledad y polvo en las almas de los muebles y los tristes,
mirando cómo emigran los murciélagos que traen tiempo y miedo.

Porque una vez, entre siglo y siglo,
vivió y murió entre libros y sueños, entre libros y espanto,
entre libros y brujería, y demonio y sacrilegio,
en el cual Voltaire, enfundado en una roja capa muerta,
miraba enjuto y pálido, lleno de ángulos y fosforescencia prohibida,
-libros y sueños, libros y libros- maldición y conjuro.

Hijos, voluntades dispersas, enfermizas, criaturas de dolor y de rencor,
ajenas, esporádicas criaturas con un nombre en el extremo de las uñas.

Tres o cuatro fechas y en la memoria de algunas
estampas, una visión equívoca,
eso, de Domingo Anderson, el políglota,
libros, y libros a la espalda, con ellos de casa en casa,
libros y libros y libros,
con ellos de pensión en pensión, encajonados, llovidos,
rodando, acumulados como piedras de piedra,
dolor y cansancio y libros, escrituras y escrituras en
caligrafía de dolor y sueños.

Setenta y anchos cuatro años sobre la irrealidad,
setenta y anchos cuatro años de combate sin combate, de duda;
Los suyos, maldicen el cadáver;
los libros amontonados no hablan,
los libros deshojados como castaños, son quemados,
y el cuerpo solo, marmóreo, inmutable, desciende solo y sin libros,
solo, absolutamente solo, inútilmente solo,
con el abecedario entre los dientes.

Abro los brazos estrechando lo inútil inconmensurable:
mitos, libros, ríos, libros, desengaños, libros, libros, libros,
tú y yo entre los doscientos crepúsculos…

Escenario de melopea antiguo

Cóncavo, con estalactitas y estalagmitas,
todo blanco, como el dedo de la mañana,
y un tapiz rojo, ensangrentado y repitiéndose,
donde mi zapatilla es una sola pepa de sandia.

Todo ojo se copia en los espejitos de mis uñas,
y mis brazos caen, se levantan y caen otoñándose.

La palabra se hace mariposa de noche,
pestañea, gira, se detiene, abre su corazón de perla inopinada
y se prende a un eco que rueda,
lentamente, desdoblándose, persiguiendo su órbita,
como una cabellera de astro que se disuelve.

Estaño

Entre las piedras, brotadas de musgo,
se estancó la pena,
como agua de lluvias desmemoriadas,

Flor malsana,
mujer eterna, abandonada y obscura
mano de pétalos de aluminio.

Caravana de polvo, siniestra,
multitud de agujas envenenadas,
rebozo gris, gabardina de ocaso,

Mis dedos tranquilos y castos,
desdoblaron del arpa terrosa
sonidos de cuerdas vencidas.

Fue la pócima de niebla,
óleo de rosas negras,
enloquecidas sobre mi frente…
sellada por siete sellos de plata.

Fotogafría en obscuro

Resuena en las amapolas del cielo
mi historia de piedra dormida,
desde el suceso inmemorial de los crepúsculos.

Prolongo mares de árboles
besando el camino sin término.

Entrego a la vida mi sombra
de calle tranquila;
-balcón en la ciudad de los arabescos inusitados-.

Amo la línea que se escucha,
como el color inicial de la aurora, traduciéndose
en la palabra del hombre
o en la palabra roja del trueno.

Majadería de niño, que lanza su honda al espacio,
camina mi balbuceo discontinuo
creciendo del mar y del sol su mariposa.

Rueda de fuego sin lágrimas

Era el tiempo inmóvil de la flor del jacinto;
(cuando yo era como las manzanas).

Y tú viniste, como todas las cosas,
que se encienden en el universo:
las tempestades, las sombras de la vida.

Y sin embargo…
venía tan nueva la composición de caminos de bronce
que andabas edificando.

Mirándote me conocí, amándote, oh! amándote
encontré el evangelio
de mi alma, ya cansada antes de ser.

Y sigo inquiriendo, y sigo esperando
arrancar de tu espíritu la razón de mi angustia;
sabiendo que me has dado todo lo que me trajiste de la muerte,
sabiendo que defines mis pupilas de carbón de piedra,
sabiendo “que moriré llamándote”…

Trayectoria cotidiana

El alba me iba ofreciendo en racimos,
sus copas de perlas lívidas;
engarzadas en el collar del viento
refrescaron mis senos desnudos.

Habíase paralizado el silencio
en torno a la ciudad caótica;
yo sentía temblar las raíces dormidas
de los árboles, en mi corazón.

En su vestido de baile, la aurora
lucía aún pálidas estrellitas;
una ráfaga imprevista cambió el rumbo
de sus ideas a la arboleda pensativa.

¡El sol!
El paisaje quedó transfigurado,
y hubo un tartamudeo
de balidos, de trinos y de bramidos…

Trenzas de humo

Porque los exaltados nubarrones
descienden en la soledad del amanecer,
y los altos tejados inyectan su veneno de hastío,
y sobrepujan
a la onda exterior y superficial del día.

¿De dónde han venido aquellas mariposas
tan amarillas,
a deshojar un collar de ébano
alrededor de mi garganta,
que es un lirio entre dos abismos?

Allá los corderos mudos,
sacrificados en el marco de la mañana;
allá los volcanes libres y los pensamientos,
los caracoles rubios besando las bocas
de las campanillas jugosas.

La danza inmediata de aquel viento que huele a muerte,
encuclillándose a mis pies, ahora,
palpándome las sienes con una gasa desprendida.

La claridad en los ojos risueños
como el advenimiento de Pentecostés.

Mi corazón se precipita
a la orilla de los horizontes sin medida,
deteniendo hélices,
con un puñado de ópalos en acción,
y, como si todo, absolutamente todo
ocurriera,
estoy en las fronteras del sentido habitual,
mirando cómo las piedras,
(sin que nadie las escuche pensar),
lavan su cara
con la inmovilidad del tiempo.

Pareciendo mi ser una hoja de platino.

Otoño en 1930

Sobrecogida, bajo el arco cándido
de los vientos azules,
arrojo desde mi balaustrada en avance,
(como labios que van a besar),
la mirada hacia el océano amarillo.

Todo vive ese olor mojado
de rasal llovido y de naranja;
el gato -flor de cardo de invierno-
se electriza y se hace cantar,
las moscas buscan las vigas ahumadas,
las gallinas cloquean y sacuden su ropa interior;
y mi corazón
trata de acomodar su tristeza de velos desgajados,
descalza y sin pupilas.

Padrenuestro

A menudo la soledad,
con su gran rumor de silencio,
merodea en mi alma.

Las almas oscuras de los murciélagos,
azotan ilusiones sombrías en los vidrios.

Friolentas, las chimeneas
echan su aliento triste,
hacia los caminos libres y sin huellas
del cielo y del tiempo.

La respiración de flor del niño
ahuyenta los malos espíritus,
mientras voy trizando la mirada
en la negra arquitectura de los libros.

Mi lámpara,
como la hoja trágica de un puñal,
atraviesa el corazón del alba.

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