El arte de robar las palabras

]]>

Leía durante horas y apuntaba las frases que me atravesaban. Las arrancaba como si fueran puñales clavados en mi espalda y las anotaba en un libro de color negro para cerrar las heridas. Quería hacerlas mías, que formasen parte de mí, robar un trozo de su alma para construir la mía extrayendo sus esencias más profundas.

Leía el libro de anotaciones y lo re-leía. Lo cerraba. Lo arrojaba contra la pared. Lo recogía y lo volvía a abrir. Arrancaba hojas para quemarlas. Para romper sus maleficios. Las miraba con vehemencia y con miedo. Me atormentaban y me reconfortaban. A veces mis ojos se empañaban como al escuchar por vez primera el claro de luna de Debussy. Lloraba ante la belleza que yo nunca escribiría y las lágrimas caían sobre las hojas emborronando la tinta.

el arte de

Las palabras se hacían ininteligibles y perdían su sentido. Se volvían incoherentes, inconexas, caleidoscópicas. Resonaban en mi mente pero ya no las entendía. Se perdían en la lejanía del subconsciente. Era su digestión definitiva, la reseca tras haberlas tragado. El dolor del momento en que se nace ante una nueva dimensión desconocida. Saber que ya no soy yo nunca más sino un ser nuevo formado por pedazos de otros yos ajenos, que he robado y he hecho míos. Mirar con los ojos de un desconocido desde otra perspectiva.

Después escupía versos que me poseían por la noche y no me dejaban dormir, generados por la enfermedad y la fiebre de la locura que provocaba las palabras que había robado. Los vomitaba por estar demasiado saciado de saber y añoraba la felicidad de la ignorancia.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *