El árbol sagrado

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En las playas de Norkfolk, Inglaterra, cerca de un pueblo llamado King’s Lynn, se encuentra el Seahenge, un antiguo tocón de roble protegido por un círculo de piedras. En una época remota había sido un magnífico árbol, dominando la pradera ahora conquistada por el mar pero sus restos persisten, a pesar de la tierra convertida en arena y el viento en mar.

Los robles engarzan profundamente sus raíces en la tierra y no es fácil arrancarlos. La primera vez que vi el Seahenge me afectó tanto que escribí el tema “El arbol sagrado”. Verlo comido por el mar me entristeció y reflexioné sobre el hecho de que antiguamente, los árboles eran defendidos contra viento, marea o magia y que hoy en día, los despreciamos, los talamos, los convertimos en un producto industrial y los transformamos en horrendos muebles, en suelos que pisamos irreverentemente, en páginas de papel que casi nunca dicen nada digno de ser leido. Los arrancamos con maquinas desafiando su poder.

Seahenge en Norkfolk

El árbol de Norkfolk fue venerado por los antiguos celtas indígenas, era la casa de los dioses Dagda, Lugo y Cernudos. Para los celtas, los robles eran árboles sagrados y los llamaban “duir” en su lengua gaélica, termino del cual procede la palabra “druid”, druida para nosotros, que significa “el que ve a través del roble” o “el que conoce el roble” y en el que se basaba toda su religión.

Los celtas protegían los robles más poderosos con círculos mágicos de piedras y empalizadas de madera. De ellos recogían el muérdago que crecía sobre su corteza, y sus hojas, bayas y ramas eran utilizadas en rituales sagrados. Con los brotes jóvenes de los árboles más formidables plantaban hijos que transmitirían la herencia del gran roble.

Los enemigos de los celtas temían el poder del roble y el mismísimo Julio Cesar ordenó arrasar un bosque de robles para acabar con la resistencia de las tribus a su dominio en Britannia. La civilización teme al árbol.

Respetar y conocer a un ser vivo tan enraizado en la tierra otorga el poder mas grande que podamos anhelar; el poder de vivir en comunión con la tierra, el poder de sobrevivir; sin los árboles no hay lluvia y sin lluvia nos espera la erosión, el desierto y después la nada, nuestra propia extinción, matar al árbol es extinguirnos.

Hemos olvidado cuidar de los árboles y son el único salvavidas en un mundo que se muere porque lo matamos todos los días, la única balsa en un mar que lo tragará todo, el verdadero arca.

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