Doce campanas tocadas por un rey

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Las doce, noche vieja. Las campanas caen como losas sobre tumbas enterrando el año para siempre y anunciando su muerte. Lápidas sin nombre, suena la primera. Silencio sepulcral.

Segunda campanada, mi amiga soledad me abraza y besa mis labios felicitándome el año, bebo un trago de desesperanza que me embriaga.

Tercera campanada, me refugio en los brazos de mi amiga soledad y siento su frío, el calor de su abrazo helado. Me lamento porque mis mejores momentos fueron en su compañía.

Cuarta campanada, domino las palabras y encuentro sentidos ulteriores a cualquier frase y a cualquier circunstancia que recuerde, sonrío porque por un instante puedo ver más allá del todo absoluto.

Quinta campanada, curiosamente se cumple todo lo que me narró el shaman, sueño tras sueño, palabra por palabra, presagio tras presagio. Me susurra mañanas de las que no quiero saber.

Sexta campanada, mi amiga soledad se va y todos aquellos a los que presiento se manifiestan por un instante, noto que son parte de mi y tomo consciencia de que me acompañan, de que siguen a mi lado y de que me esperan donde quiera que estén. Prometo que allí iré y desaparecen.

Séptima campanada, necesito estar un momento solo, el cansancio me puede y tengo que lamentar el tiempo perdido en una realidad de la que no se como escapar. Te quiero y no te encuentro, solo te presiento, siempre cerca y a mi lado, susurrando en mi oído, ojala este año descanse en tu regazo. Siempre fiel.

12 campanadas tocadas por un rey

Octava campanada, paso a otro plano, miro con condescendencia las miserias de aquellos que conocí llamándome desde el pasado, vuelven a mí en suplicas que no se como atender, atrapados en una ayer congelado. Quiero dar calma a sus almas y no se como, ha pasado demasiado tiempo. No tengo fuerzas, siento la impotencia del tiempo que me ahoga.

Novena campanada, me doy cuenta de que la venganza se sirve en bandeja fría, de que está a mi servicio y la rechazo, tiro al suelo todas las bandejas que recibo, no las quiero para nada, que se pudran en el infierno, no las necesito.

Décima campanada, saludo a todos los que esperaban que el poeta estuviese muerto y enterrado como el año. Está vivo y mas vivo que nunca, lamiendo sus heridas y esperando, recién renacido de sus cenizas. Vendrá.

Onceava campanada, el poeta ofende, el oráculo miente y siempre están presentes. Todo el mundo sabe leer entre líneas y nadie lee. Yo os saludo. Por un instante me siento bien en mi infortunio. Las campanas cesan y los segundos en tierra de nadie se hacen infinitos.

Doceava campanada, el año es un cadáver que cuelga de una soga, mecido por el viento. Ve con Dios y no vuelvas. Treceava campanada, la que nunca se tuvo que dar, resuena en mi mente y no se apaga, no se apagará nunca.

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