Que me devuelvan el invierno!

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Se me revuelven los hígados cada vez que oigo hablar a algún político, con cara compungida, del mal llamado “cambio climático”. Es más, estoy convencido de que muchos males de la humanidad tienen su origen en no llamar a las cosas por su nombre en pos de lo políticamente correcto. A tal fenómeno ambiental se le denomina “cambio”, como si se tratase de algo ajeno a nosotros, de causa desconocida. No se habla del “destrozo climático”, apechugando con doscientos años de contaminación ininterrumpida intoxicando todo lo contaminable. Hasta el término “contaminar” me parece demasiado aséptico para esta disertación cuando lo que hacemos es “llenarlo todo de mierda”, si se me permite la vulgaridad, consciente e inconscientemente.

Pues bien, 21 de Enero y todavía esperando que aparezca el invierno, atónito viendo como hemos conseguido que el verano empalme con la primavera o, si nos descuidamos un poco más, con el siguiente verano. A tomar por saco el refranero popular, el año de bienes, la blanca navidad y boniatos en vez de castañas. Llevo dos años sin ponerme una chaqueta.

A estas alturas del exordio, con perdón, el lector seguramente intuirá en mí cierta predilección por el difunto invierno, estación favorita del año. Lo admito, cada vez que oigo que “mañana hará buen tiempo” se me avinagra el rostro, igual que cuando abro la persiana por las mañanas y los rayos del resplandeciente sol perforan mis pupilas, aun dilatadas por la belleza de la noche y me atraviesan cual vampiro recién salido del ataúd en hora equivocada.

Mi concepto de buen tiempo es un precioso día gris, frío, lluvia, o mejor aun; nieve y yo calentito en mi casa, envuelto en mi mantita junto al fuego de la chimenea de leña que nunca tuve y mirando extasiado la tormenta por la ventana. Truenos, rayos y centellas, resplandores en la oscuridad iluminando las fantasmagóricas siluetas de los árboles retorcidos por el viento huracanado, los niños llorando asustados en sus camas y la naturaleza manifestándose en todo su apoteosis recordando que no se la puede desafiar.

Gato durmiendo

Cualquier otra especie inteligente o incluso semi-inteligente hubiera actuado rápidamente al darse cuenta del “destrozo climático”; vivir en un planeta es como estar en una habitación cerrada que vemos como se empieza a llenar de co2 por un motor que hay encendido en medio. Si no lo apagamos seriamos o tontos o unos suicidas. Incluso nosotros como individuos aislados actuaríamos rápidamente para contrarrestar el efecto pero no como individuos imbuidos en una sociedad-sistema aberrante, que tiene consciencia propia, en la que somos piezas desechables de su maquinaria sin iniciativa propia. Nos quedamos mirando embobados como la habitación se llena de co2, encandilados por lejanas palabras, vacías, a la espera de que algún político mesiánico-salvador haga algo antes de que nos asfixisiemos. Como si no supiéramos perfectamente que los políticos responden ante sus propios amos y que nadie hará nada hasta que estemos todos con el agua al cuello al borde de la extinción.

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