El extraño caso de J.T.LeRoy

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Tal vez todo el mundo sepa que publicar un disco hoy en día es tarea prácticamente imposible, pero lo que no se sabe tan bien es que desde hace muchos años no hay dios que publique un libro y que cualquier manuscrito enviado a un editor va directamente a la papelera más próxima.

Este patrón parece repetirse en toda la sociedad occidental actual. Por estas latitudes hay más posibilidades de publicar un libro si eres presentadora de algún programa televisivo del corazón y contratas a alguien que te lo escriba (negros, los llaman) que siendo escritor profesional, profesión que practican tres o cuatro. En otras latitudes sucede igual aunque con ciertas diferencias.

J.T.LeRoy hasta hace unos días era un escritor que se había convertido en un mito en USA gracias a los relatos autobiográficos de su turbulenta aunque corta vida.

En el 2004, con tan solo 16 años, publicó “El corazón es mentiroso” donde exponía la relación con su madre que supuestamente lo travestía y entregaba como chapero a cambio de heroína, hecho que le hizo caer en los infiernos de la droga y la prostitución.

De la noche a la mañana su historia corrió por los mentideros pseudo-intelectuales para estrellas y millonarios aburridos y se convirtió en un mito contando con los seguidores habituales de estos corros, Winona Ryder, Courtney Love, Madonna, Shirley Manson que escribió una canción sobre el… y el director Gus Van Saint que fascinado por la historia encargó un guión basado en ella y rodó “Elephant”, film ganador de la Palma de Oro en Cannes.

Sin embargo la bomba acabó por estallar; un tal Geoffrey Knoop, que mantenía una batalla legal por la custodia de su hijo con su antes mujer tras 16 años de matrimonio, declaraba que J.T.LeRoy era en realidad Laura Albert, ama de casa cuarentona, su ahora ex-mujer.

Laura, harta de tratar sin éxito llamar la atención de algún editor, decidió hacerse pasar por un adolescente ex-toxicómano y ex-prostituto y enviar a su veinteañera cuñada, Savannah Knnop, a dar la cara ante las cámaras, siempre caracterizada con unas gafas oscuras y una peluca rubia para que pareciera un joven travestido.

Al instante, los editores que antes rechazaban los libros de Laura por considerarlos “morralla de una maruja menopaúsica”, se peleaban por conseguir contratar al Yonqui adolescente con ofertas millonarias.

Conociendo este hecho resulta ahora ridículo contemplar toda la bola mediática que se generó en torno al autor, lo estupido que llega ser el género humano, lo vacía que está esta sociedad-sistema y lo que es considerado atractivo comercialmente; los rollos de una “maruja cuarentona” son basura pero las historias de un chapero yonqui son oro puro. Por ejemplo tenemos este incendiario artículo con entrevista publicado en el periódico “El mundo”, el Viernes 3 de mayo de 2002 y escrito por R.Rodriguez;

El niño que gritó puta, artículo

J.T. Leroy es carne de best-séller. Chapero a los 12 años, drogadicto y alcohólico hasta los 16, escritor de culto a los 21, su corta pero intensa peripecia vital vomitada en «sarah», su deslumbrante debut literario, lo ha convertido en el chico de moda. Hollywood ya le ha echado el ojo, claro.

J.T.Leroy con Winona Ryder

Le llamaban terminator. Se lo pusieron los resabiados esquineros que hacían con él la calle porque no tenía ni media hostia. Aún conserva el título, como un trofeo, escondido en la T punto de su nombre. La J punto es de Jeremiah, apelativo de profeta bíblico. Su abuelo era un estricto estudioso de la palabra del Señor. No sirvió de nada. Su madre le tuvo con 14 años, en 1980, en algún lugar al oeste de la supersticiosa Virginia. Se llamaba Sarah, gran referente del Viejo Testamento, y era puta. Y yonqui. Ya murió. Pero tuvo tiempo de regalarle una existencia deconstruida, apaleada, escatimada entre paradas de camioneros en carreteras per- didas, maquillados y embutidos los dos en minifaldas de cuero rosa cuando no estaban en un brete sexual con clientes o novios de ocasión, antes de abandonarlo en San Francisco a su suerte. La suerte callejera del chapero.

J.T. Leroy puede que no tuviera ni media hostia pero sobrevivió a su vida. Sobre todo porque por fin se atrevió a gritar puta, o sea, a mentar a su madre. Sarah es el título/aullido de ese particular exorcismo con forma de novela semiautobiográfica que, inducido por su psiquiatra, el Dr. Owens, ha conseguido salvarle. Escrita con 19 no tan cándidas primaveras, hace un par de años revolucionó el panorama editorial anglosajón. Brillante, dijeron. Best-séller. No logró llamar la atención intentando ponerse a la altura materna como prostituta (hasta le robó su nombre), pero hizo de tal ambición la clave de su éxito.

Ahora tiene 21 y es una estrella. Quizás invisible (siempre oculta para el público bajo máscaras y ropas femeninas), aunque muy sonada. Protegida por pesos pesados de la nueva literatura americana tipo Dennis Cooper (su primer mentor, que lo ha incluido como personaje en su último libro, Period) y Michael Chabon. Amada incondicionalmente por chicas del tirón de Shirley Manson (le inspiró ese Cherry Lips incluido en el más reciente disco de Garbage) y chicos pujantes como el actor Michael Pitt (en la página opuesta puedes verle luciendo uno de los colgantes de hueso de pene de mapache que distingue a la casta superior de lot lizards -putas de carretera- en Sarah y que J.T. oferta on line en su propia web). Adulada por depredadoras como Courtney Love. Reclamada como articulista/entrevistador por The New York Times, NY Press, Razor o Dazed & Confused. Tentada por la televisión (ha escrito el guión de un filme para la HBO producido por Diane Keaton y proyecta una película de animación infantil y una serie indie). A punto para asaltar Hollywood con la adaptación cinematográfica de Sarah en la que se ha empeñado Gus Vant Sant, un alma gemela.

Hace unos meses publicó su segundo libro en el mercado anglosajón, The Heart Is Deceitful Above All Things, una colección de relatos cortos que escribió antes que Sarah y que ahora surgen como su continuación. El mismo éxito. Pero él -confiesa con su vocecilla atiplada al otro lado del teléfono- continúa visitando a su psiquiatra seis días a la semana.

El niño que gritó puta, entrevista

Pregunta: El médico te recetó escribir. ¿Es la medicina más amarga que has probado?

Respuesta: No especialmente. Quiero decir, no había elección. Tenía que vomitar. Es como cuando te duele el estómago y necesitas devolver. Entonces viene la arcada y te encuentras mejor durante un rato, hasta que vuelve la naúsea. Y esperas y esperas, y crece y crece y, de repente, potas otras vez. Escribiendo me pasa lo mismo; me resistiría porque, la verdad, no me gusta vomitar.

P: Supongo que nunca lo planeaste. ¿Qué sentiste al descubrir que no sólo podías escribir, sino que encima eras bueno?

R: Fue alucinante. Cuando conseguí mi primer contrato editorial apenas tenía como lectores a Dennis Cooper y mi psiquiatra. Nunca dije que quisiera ser escritor… Yo sólo quería ser prostituta. ¡Pero he acabado siendo mejor escritor que prostituta!

P: ¿Hasta qué punto están idealizadas tus experiencias en Sarah? Hay una especie de frialdad al narrar ciertos pasajes que, bueno, es como si no te hubiera ocurrido a ti…

R: Es una técnica de supervivencia. Cuando una situación te produce mucho dolor, desconectas. Como si entraras en un shock. Por eso él (Cherry Vanilla/Sarah) se muestra impasible. Está aterrorizado. Sabe que gritar, llorar, rogar no sirve de nada. Ha crecido con una madre chunga. Sabe cómo insensibilizarse al dolor, cómo distanciarse de todo… como yo…

P: Ahora que está muerta, ¿qué sientes respecto a tu madre? Empiezas presentándola como una diosa y sólo al final aparece como una triste puta yonqui…

R: Sarah se esfuerza por ser una buena madre. Pero es demasiado joven y se ve superada por su situación. Quise mostrarla de forma compasiva. Detesto cuando la gente me dice: «Era un ogro». No, es mucho más complejo. Estaba realmente herida. Es lo que pasa con las personas; sus cuerpos crecen, pero si no avanzan emocionalmente, se quedan como hechizadas. Sarah amó y cuidó a Jeremiah, aunque su habilidad para mostrar sus sentimientos estaba increíblemente endurecida.

P: ¿De qué trata Sarah en el fondo, de la búsqueda de la identidad o del amor?

R: Para mí, es una historia sobre amor y deseo. El libro funciona casi como un espejo. Los lectores se acercan a él con sus propias penalidades y, de alguna manera, les devuelve su reflejo. Desde luego, no es una historia usual, pero encierra una serie de emociones, de temas universales, con los que cualquiera puede conectar: la soledad, la búsqueda de sus madres, de ellos mismos, de su sexualidad…

P: No quieres que nadie te reconozca físicamente, pero desnudas tu alma en cada página. No sé si te das cuenta de la contradicción.

R: Es cierto. Sarah dice mucho más de mí de lo que cualquier entrevista podría hacerlo nunca. Publicarla me ha sobreexpuesto definitivamente. Supongo que eso explica que proteja mi identidad. La gente ya tiene demasiado de mí. Creo que si un escritor es honesto, se expone más de lo que un trabajador del sexo permitiría jamás.

P: Cuéntame algo sobre ti que no esté en el libro, si es que te queda algo por desvelar.

R: Qué secreto te puedo contar… Ah, odio cambiarme de ropa interior. Normalmente, llevo los mismos calzoncillos durante dos o tres días. Antes pasaban incluso semanas. Es un hábito que adquirí en la calle.

P: ¿Te molesta que te lean por morbo?

R: Los que sólo se fijen en el resumen de la cubierta quizá piensen que se van a encontrar algún tipo de infierno transgresor. Y la verdad es que Sarah es muy dulce. Aparte de la situación, no tiene nada de impactante. Ni siquiera hay sexo. Me han escrito abuelas a las que les ha encantado, adolescentes japoneses que se han sentido muy identificados.

P: ¿Cómo se han acercado a ti Cooper, Chabon y todos esos súper autores? A lo mejor suena un poco cínico si te digo que su actitud protectora puede parecer, ejem, esnob…

R: Es gente que no tiene necesidad alguna de patrocinarme o lo que sea. Pero me educan, me guían y me ofrecen su sabiduría; soy como una puta esponja. Encima, todos tienen experiencia con la industria y me enseñaron a lidiar con los agentes, eso que en mis reuniones de Alcóholicos Anónimos llamaban un «problema high class», ja, ja, ja.

P: ¿Y cómo se salta de las malas calles a las altas esferas literarias?

R: Créeme, las calles son una magnífica preparación para el mundillo literario. También existen chulos y chaperos y tienes que vigilar tu espalda. Puede ser igual de mortífero. ¡Alucino al comprobar lo similares que resultan!

P: ¿Cómo es tu vida ahora?

R: Vivo con mi familia: Emily, Astor y su hijo. Yo soy su co-padre, no biológico, algo que me ha hecho madurar y abrir mi corazón de una forma que nunca creí posible.

P: ¿Aún te tienta la prostitución?

R: No. Lo eché de menos algún tiempo. Es dinero fácil. Pero cuánto más pasas alejado de la calle, más te das cuenta de lo aterradora que resulta. Conozco a tíos que están con un pie dentro y otro fuera y me da envidia el dinero y la atención que consiguen. Si quisiera entar otra vez, tendría que volver a las drogas y sé que moriría muy rápido.

P: ¿Has encontrado la felicidad?

R: No es algo que encuentras, sino que a veces la tienes y a veces no. Hay muchas tonalidades de gris. Como que Shirley Manson escriba una canción sobre mí y sea mi amiga. No es una felicidad permanente, pero llena.

P: ¿Eres material dañado?

R: Antes esperaba curarme, pero cuando mi libro entró en las listas, nada cambió. Seguía odiándome. Sólo me sirve el trabajo con mi terapeuta. Y las reuniones de AA. Si me preocupara sólo por los aplausos, no tardaría en volver a las drogas. Lo cierto es que busco la atención que no tuve de niño. Y no hay aplausos suficientes para llenar aquel vacío.

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