Humphrey Bogart siempre comía huevos con jamón

]]>

El festín estaba a punto de comenzar. Los comensales, sentados a la mesa en sus mejores galas, bajo la techumbre barroca de un gran salón cuanto menos provenzal, se preparaban para degustar los más delicados manjares. Allí estaba yo, en una esquina de la mesa, un tanto apartado y observando perplejo los más extraños emperifollamientos, escandalosas corbatas, el derroche de poses forzadas y aun montón de gente meando fuera del tiesto, con perdón, más de 200 calculaba. Pretendiendo ser lo que no se es. ¿Cuánto habría pagado el anfitrión por semejante banquete?

Callado y sin implicarme mas allá de devolver alguna que otra sonrisa de falsa complicidad, escuchaba las conversaciones previas a la gran comida, la mayoría completamente triviales abarcando todo tipo de temática banal, desde futbol hasta reality shows televisivos. En esos momentos se palpaba en el ambiente una mezcla de ansiedad y ligero nerviosismo por la conversación dirigida a desconocidos y ante la expectación e incertidumbre del menú.

Por fin los camareros hicieron acto de presencia ajetreados portando platos y bandejas, vestidos de blanca gala. Si les hubieran puesto condecoraciones y sombrero hubieran pasado por un simposio de coroneles. Todos ellos, con precisión militar, se fueron colocando por pares a la derecha de los convidados y comenzaron a servir.

Primer plato; una lujosa sopa, en la que pasamos la mitad de su degustación revolviendo con la cuchara un montón de agua, litros de agua, cual buscadores de oro en el lejano oeste, a la caza y captura de algún fideo.

De “entremeses”, tres escasas gambas por cabeza y bien espaciadas en el tiempo. Siempre me he preguntado porque las gambas son de obligatoria aparición en este tipo de ágapes. Además el momento gamba es el mas bizarro ya que puedes ver a un montón de gente vestida de etiqueta pero comiendo con las manos. Supongo que un ágape sin gamba no es ágape sino copete. Con perdón de nuevo.

Humphrey Bogart, El halcón maltés

Después “le plat de resistance”. A aquella hora del convite daba gracias a dios porque el hambre comenzaba a hacer mella, “por fín algo con sustancia”, me dije para mis vacíos adentros, esbozando una sonrisa y extendiendo la servilleta por mi pierna con el cuchillo en ristre dispuesto a trinchar lo que fuera. De repente, un particular olor, una esencia a callejón nocturno invadía el recinto. Las peores pesadillas hechas realidad; un malogrado pobre pez, antaño arrancado de las profundidades de algún oscuro mar y dejado a macerar más de la cuenta, navegaba en una marejada amarilla sobre mi plato. Mientras bajaba las armas con tristeza, recibía un ligero codazo y una amable señora me decía; “que!, no hay hambre” a lo que yo respondía “es que he desayunado fuerte, las abuelas, ya sabe”.

En aquel momento recordé que en una biografía había leído que Humphrey Bogart siempre comía huevos con jamón cuando iba a un restaurante y por un instante pude verlo allí, en la esquina contraría de la mesa, saludándome con su media sonrisa y despechando su plato de huevos fritos, poniéndose las botas ajeno al esnobismo que le rodeaba. Un “Ok, Rick” de cuando en cuando y a lo suyo.

Las ideas se sucedieron en mi cabeza, probablemente agudizadas por la sensación de hambre endémica y reflexioné sobre la decadencia del concepto de “opulencia”, salvo seguramente en lo que a facturas se refiere, el hambre del mundo y lo pecaminoso de aquella reunión para comer dios sabe qué a precio de caviar, la estupidez humana y el esnobismo desaforado en grado extremo.

Y finalmente el postre; un pastel con merengue por todas partes, hégira en busca de un bizcocho perdido del que solo encontré un centímetro cuadrado en el fondo del plato. Café, lo estoy dejando, copa, después de comer o en ayunas, según se mire, me mandaría al cementerio y puro, no fumo, gracias.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *