La gran mentira de la democracia occidental

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Se quien va a ganar las próximas elecciones; va a ganar el partido A o el partido B.

A elegir entre dos lo llamamos “democracia” y nos quedamos tan anchos. Todas las democracias occidentales que me suenan han derivado en bipartidismos, en las que el poder se lo reparten dos; demócratas y republicanos, laboristas y conservadores, pp y psoe… en todas ellas dos partidos se erigen en “mayoritarios” y acaban siendo cúmulos de poder controlando el país.

Antaño, tal división parecía justificarse en la agrupación de ideologías de derecha por un lado y de izquierdas por otro, para así tener más posibilidades de conquistar el poder, sin embargo tal justificación parece haber perdido su vigencia ya que la polarización actual es entre un partido de derechas empeñado en decir que es de izquierdas y otro partido de más a la derecha.

Sea quien sea el que gane, gobernará cual dictador democrático elegido en las urnas, con la única limitación de tener que confirmar o perder su mandato en elecciones convocadas cada 4 años. Así, las elecciones acaban convertidas en una especie de juego macabro en las que se reparte el poder entre dos y en las que se decide quien accederá al gobierno durante los 4 años siguientes para dictar a sus anchas.

Si solo pueden ganar dos, el acto de ir a votar acaba convertido en una especie de acto de comunión con el sistema; es como reafirmar que de verdad crees que el bipartidismo es una democracia plena, que la acatas y que entras en su juego con tu voto.

democracia impura, oligárquica y demagógica

Recordemos que la democracia es un invento de la Grecia clásica en el que el poder estaba en manos del pueblo. El mismo Aristóteles ya distinguía en su época entre tres tipos de gobierno; monarquía (gobierno de uno), aristocracia (gobierno de pocos) y democracia (gobierno de muchos o todos). Las democracias las clasificaba en “puras”, las cuales tenían por objetivo el bien del pueblo y las “impuras”, en las que el objetivo del gobernador era su propio bienestar. Y no solo eso, a su vez clasificaba las democracias impuras en tres tipos; “tiranías”, en las que el poder despótico residía en una sola persona, “oligarquías”, en las que el poder despótico residía en un grupo conformado por unos pocos y “demagogias”, en las que el poder tiránico era apoyado por el pueblo.

Así que a ojos de los inventores de la democracia nuestro sistema actual sería una democracia impura, oligárquica y demagógica, con el artificio de imponer una monarquía adherida en la que una casta de bien-nacidos y todos sus herederos son millonarios por decreto financiados con fondos públicos.

La falta de alternancia en el poder y la cercanía ideológica de los dos partidos que se lo reparten provoca que ante situaciones injustas el ciudadano poco pueda hacer en las urnas. Pase lo que pase en el comicio, va a ganar A o B y la situación y circunstancias personales del individuo seguirán siendo las mismas sin posibilidad de cambio. Se seguirá ignorando el artículo 47 de la constitución, seguirá habiendo toda una generación sin acceso a la vivienda, seguirán sumidos en el mileurismo, en el paro y en la precariedad laboral, esclavizados por hipotecas desorbitadas, teniendo que pagar impuestos por todo, acatando leyes estupidas y un largo etc de injusticias inamovibles.

A todos se nos ha vendido la idea de que en una democracia las cosas se pueden cambiar en las urnas y de que cualquier ciudadano puede llegar al poder y eso es mentira. Por ejemplo, si un ciudadano cualquiera se quisiera presentar a unas elecciones generales, se daría de bruces con la ley Orgánica 5/1985, del 19 de junio, “del Régimen Electoral General” en la que se requiere la firma del 1% de los inscritos en el Censo Electoral de cada circunscripción para poder presentarse en todas ellas.

Es decir, que sin ese 1% de firmas, te puedes presentar pero en realidad no estás aspirando a la presidencia. Si el censo electoral en Abril del 2007 fue de 33.622.703 personas (dato ine), se necesitarían 336.227 firmas, sin tener en cuenta todo el presupuesto para financiar una campaña de marketing electoral, que para ser justos tendría que ser en igualdad de condiciones.

La realidad sería que si un ciudadano quisiera llegar al poder para cambiar las cosas, tendría primero que ascender por uno de los dos partidos mayoritarios y una vez en la cumbre del partido, tener el aplomo de contrariarle y cambiar efectivamente las cosas, lo cual se hace harto improbable.

El engaño del voto en blanco

Es curioso como se arenga a la población para que acuda a las urnas y se les inculca que “aunque sea, voten en blanco”. De todos los engaños este último debe ser el más aberrante; en España el método de contabilización electoral es el de la Ley D’Hont por la cual los votos se reparten proporcionalmente y el porcentaje mínimo para tener representabilidad es del 3%. Con este sistema, el voto en blanco se suma al número total de votos del escrutinio, a partir del cual se calcularán los porcentajes de representación. Un elevado voto en blanco significa elevar considerablemente el número de votos necesarios para llegar al 3% del total y para obtener escaños, castigando a los partidos minoritarios. Por ejemplo;

· Si existen 10.000 votos para un total de 7 escaños, el primer escaño se conseguiría con 10.000/7=1.428 votos.
· Si hay 10.000 votos + 5.000 votos en blanco para un total de 7 escaños, el primer escaño se conseguiría con 15.000/7=2.142 votos.

Por lo tanto, los 5.000 votos en blanco agravarían más aun la situación bipartidista ya que los partidos más votados tendrían más fácil acceder al porcentaje requerido para obtener un escaño mientras que los partidos menos votados ahora necesitarían muchos más votos para obtener cada escaño. Para abstenerse realmente no hay que votar físicamente.

No participar en el juego bipartidista se puede llegar a pagar con cárcel. También es curioso que una democracia te pueda imponer penas de cárcel si te niegas a participar en ella. Mientras no te llamen para ser integrante de una mesa electoral te puedes limitar a no votar sin más. Pero en el caso de ser llamado como integrante de una mesa electoral y no acudir, hay pena de privación de libertad y una considerable multa.

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